Y SI NO AMANECIERA... ®
La noche era espléndida. La luna, celosa y crecida en su papel de sol nocturno, a codazos, pugnaba por abrirse paso entre las obstinadas nubes, reacias a ceder su coreografía en el delicioso e infinito paisaje nocturno enmarcado por el cristal delantero del automóvil de Drako.
Siempre viajaba de noche. Por motivos de trabajo, por el simple hecho de disfrutar de su música o, casi siempre, para resolver algún problema personal aprovechándose de la intimidad para la reflexión que proporcionan la soledad, el silencio de la carretera y la oscuridad. Su sempiterno CD de saxo, suave y melódico, su cigarrillo, bien acomodado en su asiento, tarareando mental y gestualmente el tema que estaba sonando y disfrutando de la tranquilidad y seguridad que le proporcionaba la conducción nocturna. No viajaba solo, nunca viajaba solo. En los asientos traseros se tendía indolente y acunado por la música su fiel perro Sombra, un rotweiler negro y brillante, de blancos e imponentes colmillos, que le acompañaba silencioso y vigilante.
Miraba el paisaje con admiración y, a la vez, con cierta preocupación. Pequeñas guirnaldas de luces conformaban los lejanos pueblecitos que salpicaban las laderas de las montañas. Una suave bruma, a modo de telón, iba mostrando, poco a poco, la vida que se iniciaba bajo las bombillas, dando paso a la actividad de madrugada, previa y obligada al quehacer del nuevo día que se avecinaba.
Siempre llegaba a casa antes del amanecer. Tenía sus horarios muy bien calculados y su rutina y tiempos ajustados a la noche; aunque esta vez era consciente de que algo raro pasaba: estaba muy cerca de su destino y la luna había desaparecido, las farolas se habían apagado sin intercambiar su luz con la claridad previa al amanecer. Riéndose de sí mismo y siendo consciente del absurdo pensamiento que se le venía a la cabeza se dijo: «Y si no amaneciera...».
Esta imposible probabilidad le llevó a pensar en la obviedad de las cosas: la rutina acostumbrada, que te condiciona y «obliga» a establecer un modo de vida basado en lo que sucede natural y cíclicamente; lo que se vive como valor seguro, sin cuestionar si puede cambiar o no... siempre está y vivimos por ello..., ajenos a ello. Se planteaba la seguridad del hábito de ir al baño, del latir del corazón, del trabajo al que acudían los cientos de personas que poblaban, nerviosas y desconcertadas, las aceras y estaciones de autobuses, del amor filial, de pareja, cómodamente vivido pero no cuestionado.
Conducía, ya muy cerca de su casa, y no amanecía. La noche imponía y forzaba la luz artificial y amarillenta a miles y miles de ventanas que enmarcaban contraluces de figuras que, asombradas y asustadas, miraban a otras figuras oscuras que les miraban a su vez y gesticulaban sorprendidas.
La agradable música de Ben Webster, que relajaba el interior del flamante y potente BMW de Drako, dio paso a una continua y nerviosa información del hecho en las cadenas de radio, aventurando comentarios y posibles explicaciones al fenómeno:

“Fuentes especializadas estadounidenses creen que la continuidad de la noche puede ser debida a un eclipse de Sol imprevisto, consecuencia de un detenimiento brusco de la luna en su trayectoria.”
“Se está estudiando también la posibilidad de una contención de la capa de contaminación bajo las nubes.”
“Radio Verde apunta un enfriamiento del Sol, que sumirá en la oscuridad a todo el sistema solar”...
Dejando atrás el núcleo ciudadano condujo hasta su casa, una enorme y antigua mansión cercana al mar que seguía iluminada, ya que los sistemas de detección de luz diurna no habían entrado en servicio. Una vez franqueada la puerta de entrada, continuó por el camino de gravilla que finalizaba en una pequeña placita cercana a la puerta principal; detuvo su negro y reluciente coche y descendió suave y despaciosamente.
-¡Vamos, Sombra! –animó al perro, ajeno a lo que estaba sucediendo, a salir de su cómodo letargo.
Torpe y pesadamente, Sombra, descendió del coche: se sacudió, se desperezó, hizo su pis en el árbol de siempre y se dirigió en busca de las palmaditas de reconocimiento de Drako en su enorme cabezota negra.
De pie, en el jardín, intentaba pintar lo que siempre sucedía al poco de llegar pero que en esta ocasión era inusual y estremecedor. Impecablemente vestido de negro, largo y oscuro cabello, determinantes ojos negros y nariz afilada, su figura delgada se recortaba y configuraba con la luz de los focos exteriores del jardín, dejando en la oscuridad un mar y un horizonte que deberían estar reventando a la vida en rojos y amarillos.
Con andar decidido y elástico se encaminó a la casa. Una vez en ella lo primero que hizo fue telefonear a su amante, Ivonne, a la que frecuentaba y amaba en un club nocturno de la zona del extrarradio ciudadano: El «Dark Love».
-¿Ivonne? ¿Has visto lo que está pasando...?
-Por supuesto, y estoy muy asustada. Aquí tenemos problemas con dos clientes un poco pasados de copas que, como no ha amanecido, dicen que no se van hasta que no se haga de día y nosotras estamos muertas de sueño.
-Pasa de ellos, toma un taxi y vente a mi casa. Contemplaremos juntos la salida del Sol (si amanece), o disfrutaremos amándonos hasta que la luz del día o las fuerzas pongan fin a esta larga noche.
-Bien, iré cuanto antes. Hasta pronto, amor.
Un graznido, mezcla de desconcierto y pregunta, le hizo reparar en Crowny, un pequeño cuervo que recogió del suelo una noche de tormenta, tras estrellarse con el cristal del mirador que daba al mar y que, desde su pajarera, le clavaba sus negros y brillantes ojos reclamándole el día.
-Mal lo tienes, amigo. ¡Ya veremos qué podemos hacer contigo!
Bajó al sótano a ver como estaba la buena de Concha. Concha era una tortuga grande y vieja que vivía en un enorme terrario acristalado, a modo de habitación, que formaba parte del inmenso sótano habilitado para todo y con todo. Nunca había salido de allí. Sus horarios y actividad estaban marcados por la luz fluorescente especial para reptiles que le daba los buenos días (y calcio) al encenderse y las buenas noches cuando se apagaba.
-Tú, sin problemas –le dijo. Y la tortuga, tranquila y paciente continuó igual de inmóvil y «pasota».
Todo iba bien. Ante un gran problema, soluciones parciales para que todo cuadre. Le apetecía beber algo, celebrar algo... No estaba muy seguro qué, pero se preparó un Bloody Mary y se sentó cómodamente en el sofá de cuero del salón a esperar a Ivonne.
A las 10:00 de la «mañana» llegó Ivonne: pintada, sudada, cansada y asustada. Las luces de la casa estaban apagadas y fue Crowny quien hizo de timbre, anunciando a Drako que llegaba su dulce amor nocturno.
Rápidamente, solucionó el problema de Crowny introduciéndolo en el terrario de Concha, de esta manera nunca más tendría necesidad de la luz del amanecer y la tortuga podría tener algo de proteína fresca al «encendido» siguiente.
Bajó de intensidad la luz roja que iluminaba parte del salón y abrió la cama. A continuación, dio entrada a Ivonne por una pequeña puerta camuflada entre los arbustos cercanos al muro y la puerta de entrada principal.
Lo tenía todo controlado: Crowny con Concha; de Sombra se encargaría más tarde y... de Ivonne también.
-¡Hola reina! ¿Asustada...? No te preocupes, todo va a ir bien. Toma un baño relajante y vuelve conmigo.
Poco después apareció Ivonne envuelta en una inmensa toalla morada, desmaquillada y bostezando, con ánimo de dormir el día que, normalmente, era su noche.
Drako, sin dudarlo, se fue hacia ella con una mezcla de deseo y hambre carnal: la besó suave y dulcemente en la nuca, la giró y, mirándola fijamente no tuvo ningún reparo en mostrarle sus ojos encendidos y hundirle en la yugular los blancos y afilados colmillos que hicieron camino en el precioso y fragante cuello de su amada, alimentando al tiempo su sed de amor y su necesidad de sangre.
Faltaba Sombra. Nunca había tomado sangre de perro, pero no era necesario: le transferiría parte de la suya. Sería el primer perro-vampiro de la historia y fiel compañero de correrías; porque él seguiría viajando con su querido perro, y su amada quedaría en casa a la espera de los «víveres» que le traería a su vuelta..., sin prisas, con toda la noche por delante.
Introdujo a Sombra en el ataúd que utilizaba cuando el mundo era «anormal» junto a un hueso relleno de sangre A+ liofilizada, tomó en brazos a Ivonne y la depositó en el lecho conyugal, estrenado para la ocasión: apagó las luces, encendieron los ojos y, con voz cálida y frío aliento, le susurró al oído:
-¡Eternas noches, Amor!
Francisco Jiménez
06.11.04