AUTANASIA ®

 
A lo que la oruga llama el fin del
mundo, el resto del mundo llamamariposa.
RICHARD BACH

Las motocicletas me dieron alas y un desafortunado accidente me las cortó de raíz. Junto con las alas se fueron también dos vértebras cervicales, la continuidad de la médula espinal y, prácticamente, mi vida.
Casi diez años después, todo mi universo se reduce a esta habitación amueblada conmigo, una cama y cuatro cosas más que hacen la existencia menos desesperada. Sólo puedo mover la cabeza, y hablar con un lento y cansado hilo de voz: el suficiente para gritar a mi obstinado corazón, en voz baja, lo que mi mente y mi ánimo desea para él y para el cuerpo muerto que mantiene vivo.
Cuento con un potente ordenador, un chillón aparato de televisión y una temperatura y luminosidad constante, regulada por un sofisticado sistema automático que mantiene la luz encendida siempre que mis ojos y mi respiración no se correspondan con los parámetros del sueño. Todo funciona con la voz, ligeros movimientos de cabeza y un pequeño dispositivo que manejo con la boca: puedo controlar todo, menos mi cuerpo y mi vida.

Odio la oscuridad. Sólo puedo soportarla cuando mis ojos la llaman rendidos por el sueño. Buena culpa de ello la tuvo mi madre. La que ahora me cuida y trata de prolongar la luz en ellos, me sumía en las tinieblas y el terror de un pequeño habitáculo bajo el hueco de escalera cuando, tras una infantil trastada o discusión con mi hermano pequeño, me encerraba durante horas envuelto en llanto, humedad y desespero. Con la cara pegada a una rendija, a través de la cual acuchillaba la negrura un débil rayo de luz, aterrorizado y golpeando la pequeña puerta, lloraba y lloraba durante horas hasta que las fuerzas y la angustia me premiaban con el sueño o el desmayo. Entonces me dejaba salir:
Ves, así me gusta. Menos chillar y más ser bueno. Y ahora ve a pedir perdón a tu hermano, que está muy triste.
Mi hermano no aparece por aquí. Siempre estuvo muy delicado de salud. Fue apartado de la actividad física y el deporte por prescripción facultativa y protegido en exceso por mi madre.
Le fascinaban las motos, aunque nunca fue a verme competir.
Mi padre trabaja. Trabaja todo el día, mucho y duro. Vuelve rendido y al anochecer. Me saluda a través del interfono, y desde el salón, una vez que se ha cambiado de ropa y acomodado en su sillón preferido. Él también hizo sus pinitos en el mundo del motociclismo, pero mi madre y, sobre todo, mi venida al mundo, le obligaron a cambiarlo por un empleo seguro con un salario fijo.
También está Boliche, mi pequeño y entregado yorkshire, siempre a mi lado. Desde el suelo a la banqueta, y de la banqueta a la cama; arremolinado a los pies o acurrucado en el embozo y cerca de mi cara. Siempre tiene un lametón o un ladrido de ánimo para mí. También lo controlo con la voz: un, ¡abajo! y rápidamente hace el camino inverso hasta su cestito en un rincón, junto al radiador.
Este es el mundo que me rodea, el que llena mis días y al que intento aferrarme –sin éxito- para vaciarme de tristeza y soledad. Y hablando de soledad, olvidaba el personaje más importante -después de Boli-, el que, siendo ajeno, es el más cercano: se llama Soledad y es una enfermera que pasa conmigo tres mañanas alternas en semana. Se ocupa de los pocos aparatos a los que estoy conectado, de darme conversación y ánimos y es la conexión médica que tengo con el gran hospital que me controla y mantiene en «buen estado». No le gustan las motos, le gustan las personas y ella es la única con la que puedo sincerarme y conversar sobre cualquier tema.
A veces me dejo llevar por la desesperación y le hablo de lo inútil de mi existencia y de lo feliz que podría ser dejando de ser, y lo tranquilos que se quedarían los que se empeñan en que sea. Sole sonríe, aprieta mi mano y no dice nada. Es consciente de mi sufrimiento pero sé que no va a pasar de ahí: está para darme vida y nunca saldrá de su boca lo que yo quisiera que hiciera sin pronunciarse.
Últimamente vengo padeciendo fuertes e intermitentes dolores de cabeza –es lo único que me puede doler- y dificultades en la visión. También he notado que se me atragantan y mezclan las palabras en la boca, dificultando mi comunicación con las pocas personas que me rodean. Mi madre dice que no me preocupe, que puede ser debilidad o de tanto ordenador.
Se lo he comentado a Soledad y me ha dicho que lo hablará con el médico del hospital que lleva mi historia. Yo me quejo, me quejo continuamente y los síntomas se agudizan y se repiten cada vez con más frecuencia.
He leído en Internet sobre las cefaleas postraumáticas y sus efectos a largo plazo; y que se dan cefaleas secundarias a otros procesos que degeneran en trombosis vasculares e irritación de las meninges. Algo de eso debe pasarle a mi cabeza, lo único sano que tengo... ¿tenía?
Como sucede con los presos, que se van de «vacaciones» a la enfermería, yo, me estaba preparando una salida al mundo exterior: un viaje al Hospital de Toledo. También sabía que el único método para el diagnóstico era la resonancia magnética nuclear; además, era el único indicado -incruento y no invasivo- para no empeorar mi ya malogrado estado de salud.
Unos días después y tras comprobar con tratamientos convencionales que mi dolor de cabeza y las manifestaciones físicas que lo acompañaban no remitían, me comunicaron, a través de Soledad, que me iban a hacer una resonancia para averiguar el origen del problema que me restaba «calidad de vida».
Hoy, sábado, 2 de abril, en el décimo aniversario del desgraciado accidente, van a someterme a la prueba y me siento nervioso y alegre a la vez. He firmado todo tipo de consentimientos, he ayunado, he vaciado mis contenedores terrenos de suciedad y me he confesado y encomendado al que todo lo puede y siempre espera.
Sobre la camilla deslizante que me introducirá en el tubo generador de los campos magnéticos, cubiertas discretamente mis patéticas carnes -unas pocas más de las que Dios trajo al mundo- por un ligero y aséptico camisón de topitos verdes, no puedo reprimir un profundo escalofrío que me asalta desde la coronilla a la raíz del cuello. Me pensaba con convicción pero me sabía sin fuerzas y echaba de menos mi habitación y la compañía de Boliche.
-¿Llevas algún objeto de metal, cariño? ¾preguntó la enfermera.
- No, sólo esta motocicleta de nácar con un cordón de cuero.
- Bien, puedes conservarla. Y, ¿cómo es que llevas una moto al cuello?
- Es un recuerdo de mis años de «persona».

La enfermera procedió a colocarle una especie de careta de esgrima -o jaula- sobre la cara, sujetándola a la plataforma mediante dos palomillas de metal.
-Es para que no muevas la cabeza, amor. Una vez que vaya a comenzar la prueba te introduciré esta pera de goma en la boca para que la aprietes con los dientes si te sientes mal o incómodo. No detiene la prueba pero yo vendría a sacarte del tubo, ¿de acuerdo, cielo?
Empezaba a sentirme incómodo y agobiado.
-¿No tenéis unas gafas con un sistema de espejos que permiten ver la parte exterior, una vez que se está situado dentro del tubo?

- Sí, por supuesto, pero no sé si te van a quedar bien sujetas dentro de la jaula y con la pera de llamada... ahora te las traigo.
La cabeza me temblaba y las sienes me palpitaban inoportunamente haciendo causa común con la yugular que parecía tropezar en el entramado de la careta.
-Aquí están. -Le quitó la careta, se las colocó y volvió a atornillarla- Te quedan un poco inestables pero ya sabes jovencito que no puedes moverte, si no se te caerán y habremos hecho un pan como unas tortas.
Bueno, ahora voy a introducirte en la máquina. La prueba durará entre 25 y 30 minutos. Oirás un ruido que no es muy agradable; tenemos unos cascos para que sea más leve pero ¡hijo!, ya no te caben más cosas. Si tienes algún problema aprietas la pera, y recuerda que no puedes moverte.
Con mi cabeza encerrada y sujeta, las gafas, la pera, mis pulsaciones a 120, los ojos cerrados e intentando intercambiar en mis pulmones miedo por aire, me deslizó suavemente en el estrecho tubo.
Tenía 25 minutos por delante: las gafas que me permitieron llegar hasta aquí eran ahora un obstáculo y la pera otro posible aliado en contra.
Un sudor frío comenzaba a poblar mi rostro y a humedecer la pequeña almohadilla que me habían situado bajo la cabeza. El aire no pasaba de la parte alta del pecho y la angustia se apoderaba de mi inerte cuerpo sin dar opción a la calma.
Ayudándome de la alargada y estrecha pera de llamada que apretaba, por el extremo, en mi boca y de violentas y cortas sacudidas de cabeza, intentaba desesperadamente quitarme las gafas que disminuían y limitaban, en parte, mis secretas pretensiones. El tiempo jugaba en mi contra y, pasados unos agónicos instantes, lo conseguí, quedando parte sobre mi boca –enganchadas en la pera- y parte colgando de una oreja, dejando un ojo libre para estrellarse contra el techo del tubo que, prácticamente me apretaba la cabeza y me oprimía el corazón.
Escupí el avisador para no dar opción a flaquezas de última hora y, en un ahogo continuado, quedé inmóvil y aterrado en ese patético revoltijo de gafas, pera, sudor, ruido y gritos contenidos.

Nunca soporté los espacios cerrados y opresivos, desde niño: lloraba, gritaba, quería salir, respirar, vivir... Ahora no debía gritar, no quería salir, tampoco respiraba, no podía evitar llorar y ¡no quería vivir!
Me abrasa la garganta. Es como un calor que sube desde el pecho y me quema la boca. El estómago se agita y revuelve queriendo hacer el trabajo de los pulmones; y me mareo y me muerdo los labios para no emitir ni un leve quejido que ponga de manifiesto mi desesperación. El perímetro de la cámara se estrecha deprisa buscando mi cuerpo, me aprieta y me aterroriza; mis ojos quieren escapar de sus órbitas y mi pecho se hunde para captar aire en su ascenso; vomito y reviento silenciosamente. Me desmayo. Salgo, ¡por fin!, del túnel a la Luz.
Ya liberado, recorriendo el calmado tránsito que lleva del horror a la tranquilidad eterna, afianzo y llevo conmigo la imagen cariñosa de mi fiel Boliche, el amor de la callada presión en mi mano de Soledad, y soy consciente de la recuperación de las alas perdidas diez años atrás.
Francisco Jiménez Morales
29.03.05